V, el regreso de los lagartos

Está a punto de terminar la segunda temporada de V, la secuela de la mítica serie de los marcianos devoradores de lagartos. En esta ocasión será la agente del FBI Erica Evans (Elizabeth Mitchell, la inolvidable Juliet de Lost) la encargada de detener a la nueva reina de los visitantes, Anna (una espectacular Morena Baccarin).

No voy a contar más del argumento, porque puede encontrarse abundante información sobre el mismo en cualquier página dedicada a las series, como Todo Series. Me voy a limitar a comentar algunas cosas que me llaman la atención:

V es una serie de personajes. El reparto es bastante coral, y ninguno de ellos lleva la mayor parte del peso. Las alianzas y traiciones son el alimento de cada uno de los capítulos. Siendo así, me llama la atención que algunos personajes estén tan bien dibujados, como Chad Decker, y otros tan desaprovechados, como el Padre Jack Landry.

Chad es un personaje clave, que cuenta con la confianza de ambos bandos, teniendo que caminar sobre la cuerda floja y tomar decisiones realmente importantes en cuestión de segundos. Sus decisiones son perfectamente entendibles y siguen tanto la lógica de la serie como la coherencia del personaje. Un impecable trabajo de guión.

Jack Landry, en cambio, es una constante decepción. No sabemos demasiado sobre su pasado militar, pero sí lo suficiente como para desear que eso influya en su comportamiento, y veamos qué es lo que le motivó a dejar los cuerpos de élite para dedicarse al Cuerpo de Cristo. Es como una bomba a punto de explotar, que nunca termina de hacerlo. Un tigre enjaulado que se limita a tirar para donde le lleve el viento en cada momento, y que podría dar muchísimo más juego del que da. Muy flojo.

Por otro lado, algo que me resulta muy molesto es el hecho de que los visitantes hablen constantemente entre ellos de cosas que ya saben. La intención es que el espectador conozca sus planes, pero un personaje debe hablar por sus acciones, no explicarlas. La mayor parte de los parlamentos de Anna son para decir “ahora que ya hemos conseguido esto y esto vamos a llevar a cabo nuestro plan para conseguir esto otro”. Resulta bastante ridículo, y me parece un fallo muy gordo de guión. Por no hablar de que siempre que aparece Anna en escena está mirando atentamente a ningún sitio. Se pretende dar la impresión de que está constantemente maquinando nuevos planes, pero la verdad es que se la ve muy perdida. La actriz, y el personaje, dan para mucho más.

Por último, un par de detalles chorras:

  • Los visitantes hablan entre ellos en inglés. Absurdo. Y más cuando Anna da sus comunicados a la Humanidad en la lengua materna de cada país (se la ha visto hablar en español, italiano, chino, inglés, etc.). Se ve que los guionistas pensaron que eso de tener que estar doblando a la mitad del reparto en un idioma inventado era demasiado trabajo. Y sí, ya sé que la serie original también hacía lo mismo.
  • En prácticamente todos los capítulos hay un mismo plano de Anna, que no sé qué sentido tiene. Se trata de un plano picado, desde una altura aproximada de 2.5 metros. ¿Es una especie de guiño del realizador, una apuesta friki? No le veo sentido.

En resumen, que es una serie entretenida, pero algo regulera, en mi opinión. Seguiré viéndola por inercia, porque algunos personajes me encantan y por curiosidad, pero es bastante inferior a algunas otras series actuales.

Lo que hemos desaprendido

Mucho se ha hablado estos días del Holocausto Vigalondo.  Algo que llevó al director cántabro a tener que cerrar su blog y a que El Pais cancelara la campaña que él protagonizaba. Tras seguir el asunto y madurarlo un poco, me da que pensar lo que hemos desaprendido estos años. A continuación, unos vídeos:

Me sorprende el hecho de que hace 20, 30, 40 años, se pudiera hacer parodia del nazismo. E incluso del maltrato a mujeres. Y en una televisión pública. Me atrevería a decir que incluso en horario de máxima audiencia.

Entonces se podía hacer porque se entendía perfectamente que la parodia consistía en ridiculizar y exagerar aquello que se estaba imitando. Y no necesitaba de ninguna explicación adicional, ni aclaración.

A día de hoy, por lo visto, eso ya no es posible. Nos hemos vuelto idiotas, y no sabemos diferenciar la parodia de lo real. O eso es lo que asumen los medios de comunicación. No sé cuál de las dos cosas me da más miedo. Y todo en virtud de esa nueva, demagógica e hipócrita forma de totalitarismo que se ha dado en denominar “corrección política”

Está claro, vamos marcha atrás.

How I met… segunda ronda.

Bueno, pues ya he visto la segunda temporada de How I met your mother. Y he de decir que el subidón de calidad me ha parecido espectacular. La serie dio un vuelco absoluto.

Lo fundamental que ha producido este cambio, en mi opinión, es el hecho de que la infructuosa búsqueda del amor de Ted ha dejado de ser el motor de la serie para pasar a un discreto segundo plano. También influye que, durante prácticamente toda la temporada, Ted y Robin hayan estado juntos, y sin grandes conflictos de tira-y-afloja entre ellos. Es decir, que no había muchos capítulos centrados en si discutían, o si lo dejaban o se volvían a reconciliar. Han integrado su relación de pareja como un elemento cómico más de la serie.

También es importante el tiempo que Marshall y Lily han pasado separados, tras el regreso de ella de San Francisco. Ha dado lugar a que protagonicen tramas por separado, algo que no sucedía en la primera temporada, en la que el tándem Marshall-Lily era un único personaje.  Vemos como separar una pareja y unir a otra ha tenido efectos muy beneficiosos en la comicidad de la serie (para mí al menos).

Por supuesto, el tercer elemento que los guionistas han sabido manejar con acierto es el personaje estrella: Barney Stinson. En esta temporada es cuando hemos visto realmente como es. Han soltado ese corsé, que le hacía estar siempre aguantando a los plastas de sus amigos “enamorados” y le han convertido en un auténtico huracán, capaz de crear situaciones desternillantes y escenas memorables.

En resumen, que mucho mejor sabor de boca el que me deja esta temporada. Ya dije en el anterior post que no dudaría en rectificar si mi opinión sobre la serie variaba. Un claro ejemplo del buen hacer del equipo de guionistas. ¿Cuándo conseguiremos tener en España una sitcom como es debido? No me suelen gustar las comedias televisivas españolas básicamente por dos razones, que me valen a mí, pero no pretenden ser verdades absolutas:

  • La duración: una sitcom con capítulos de 70 minutos (para poder meter dos cortes publicitarios) no es una sitcom, es una dramedia. Y es muy complicado mantener el ritmo del capítulo 70 minutos. Lo consigue Aida, pero a fuerza de quemar a sus personajes demasiado rápido.
  • El público objetivo de la serie. Todo el mundo. No puedes hacer una comedia que guste tanto a jóvenes de polígono industrial como a jubilados sin caer en la caricatura.

Ojalá se hicieran aquí sitcoms con sus capítulos de 22 minutos y centrados únicamente en un tipo de espectador. Pero es que ni en las televisiones de pago…

También hace poco que he visto la segunda parte de La herencia Valdemar. Es una experiencia demasiado… intensa, y merece un post por separado.

How I met your new cliches

Estoy viendo una serie de la que la mayoría de gente que conozco habla maravillas: How I met your mother. De momento, solo he visto la primera temporada, así que mi opinión sobre ella puede variar sustancialmente, dado que ya llevan 6. Lo primero que he de decir, por tanto, es que no tendré ningún problema en rectificar mi opinión si es necesario, cuando vea el resto. Rectificar, normalmente, significa haber aprendido algo, y esa es una sensación que me encanta.

Pero por ahora, viendo How I met your mother he recordado porqué nunca me gustó Friends.

Sí, ya lo he dicho. Nunca me gustó Friends. Nunca me enganchó. En la época en la que lo ponían, no lo terminaba de entender, pero creo que ahora sí.

En primer lugar, no me veo reflejado en el público objetivo al que va dirigida la serie: jóvenes en sus veintimuchos o treintaypocos, con nivel educativo medio/alto y, a poder ser, norteamericanos. Bien, estoy en los 30, y fui a la Universidad (eso no hace que mi nivel educativo sea ni siquiera medio, desde mi perspectiva, pero bueno). A excepción de que no soy norteamericano, podría sentir cierta empatía con los personajes. Pero no la siento.

En segundo lugar, me revientan mucho las series con vocación adoctrinante, y para mi gusto, How I met your mother la tiene. El mensaje que deja es bastante clarito. El mensaje que más vende, por otro lado. Se trata únicamente de criterios económicos, nada más.

La serie supone una actualización de los tics generacionales de la gente de esta edad. Una adaptación a la actualidad del esquema “conflictos hombre/mujer” más clásico. Que ahora sea ella la que huye del compromiso y él quien busque casarse y formar una familia no cambia nada. Es el mismo perro con distinto collar.

El protagonista e hilo conductor de la serie, Ted, es un joven que busca a toda costa enamorarse. Conocer a la madre de sus hijos. Que Marshall y Lily, sus mejores amigos, se hayan comprometido es el catalizador de su repentino empeño romántico. Se enamora a primera vista de Robin, una guapa reportera de un canal de noticias local. Pero Robin parece no tener los mismos planes que Ted. Y con esto, empieza el piloto de la serie. Aunque la narración es en pasado. Realmente, Ted les está contando a sus hijos, 25 años después, cómo conoció a su madre. ¿Será Robin, será otra mujer?

Hasta ahí la sinopsis. Luego, asistiremos capítulo a capítulo a todos los intentos de Ted por encontrar a la mujer perfecta. Son capítulos tremendamente sencillos de ver, cortos y dinámicos. Como sucede con todas las sitcom norteamericanas, duran 21 minutos, y constan con un par de tramas paralelas, además de una trama horizontal, o de continuidad, que sirve de pegamento para toda la serie. Los diálogos son ingeniosos, y el ratio de chistes bastante acertado, en mi opinión. Ni muy escasos ni muy repetitivos. Si te gusta escribir, como es mi caso, creo que se puede aprender bastante sobre como escribir gags que funcionen y personajes míticos (Barney Stinson, por ejemplo).

A pesar de eso, ya digo que mi problema con la serie es la moralina, como me pasaba con Friends. Moralina adaptada a nuestra generación, pero moralina. Nadie se va a extrañar, a estas alturas, de que nos presenten mujeres sexualmente activas e independientes u hombres que solo están interesados en el físico femenino y no reprensentan papeles negativos, como Barney. Ni de que sea la mujer la que no quiere compromiso y el hombre el que quiere casarse. Estamos en el siglo XXI. Los viejos tópicos son eso, viejos. Necesitamos otros nuevos para esta generación. Invirtamos los papeles, coloquemos a los protagonistas en fiestas locas, que se emborrachen, que hagan lo que quieran. Es lo que hacen los jóvenes de esa edad, ¿cierto? Es lo que quieren ver.

Todo eso es verdad, pero no deja de ser cambiar la decoración de la casa. Sigue siendo la misma casa rancia y vieja de siempre. Lo que se nos transmite es: la finalidad de cualquier persona es casarse y tener hijos. El que no piensa de esa manera, lo hace porque no ha encontrado su media naranja. Cuando uno madura y se hace una persona de provecho, se casa y tiene hijos. Solo entonces su vida se completa. Hasta entonces, eres una persona imperfecta. Eso es lo que te motiva a la promiscuidad, encontrar a la “persona perfecta”. En ningún momento puede ser una decisión consciente. Es solo un parche, hasta que sientes la cabeza.

En contraste, hace unos días vi un capítulo de Aída, en el que el fantasma de las navidades pasadas (Ramón García, con su capa y todo) visitaba a Mauricio, para llevarle al pasado y al futuro, y así hacerle reflexionar sobre su actitud miserable. ¿Qué sucedía al final? Que Mauricio no reflexionaba un carajo, y seguía siendo el mismo. Como es lógico.

También estoy viendo Mad Men (auténtico caviar). En esta serie, el personaje principal tiene varias amantes, todos fuman como carreteros y las mujeres son meros objetos sexuales cuyo habitat principal es la cocina.

Estos dos últimos ejemplos, a pesar de las enormes diferencias entre las series, coinciden en algo: no moralizan, no dan lecciones de nada. Los personajes pueden ser miserables, racistas, sexistas, ladrones… igual que en la vida real, y que el contexto en el que se plantea la serie en cuestión. Mad Men, por ejemplo, se ambienta en la norteamérica de los 60, con su tabaco como símbolo de glamour, su segregación racial y su sexismo. Aida se ambienta en un barrio de clase media/baja, con sus yonkis y sus chonis. Esa es la vida real, y de ella se pueden sacar sus situaciones dramáticas, o cómicas, sin necesidad de tratar de orientar al espectador en ninguna dirección, ni venderle ningún modelo de conducta como válido.

Y cuando digo ninguno, me refiero a ninguno. Tampoco me gustó, por ejemplo, Historias del Kronen, que vende el modelo opuesto al comentado. No me ocurre lo mismo con Fringe, que me encanta. A pesar de que en algunos capítulos se deja entrever cierta ideología (ver post anterior), pero se hace como parte del sistema de valores de un determinado personaje, y no como motor de la serie.

Todo esto, insisto, es nada más que mi opinión, que puede variar a medida que vaya viendo la serie o, ¿por qué no?, a medida que vaya viviendo. Lo único que permanece siempre constante es el cambio. Y yo, como cualquier otro, puedo cambiar. Por ahora, me sigue sin gustar How I met your mother, igual que no me gusta Friends.

Fringe y la religión

Fringe es una serie que juguetea con la ciencia al límite. Y cuando digo al límite me refiero a que la mezcla con muchos conceptos de ciencia-ficción (viajes en el tiempo, genética imposible, etc), pero no entra en dos terrenos farragosos como son la religión y el esoterismo. En esto último, se diferencia bastante de Expediente X, por ejemplo, que también pretendía un acercamiento a la ciencia pero muy escorado hacia la parapsicología.

Uno de los productores de la serie es J.J. Abrams, padre de Lost. En una ocasión, lei que, con la salida de Abrams de Lost en la cuarta temporada, la serie dio un giro mucho más místico. dejando casi completamente de lado la ciencia para centrarse en… bueno, en lo que vimos a partir de la quinta temporada. Puro misticismo. Visto lo visto con Fringe, me inclino a pensar que, efectivamente, Abrams aportaba el punto científico, y el tandem Lindelof-Cuse el apartado mitológico.

Como decía, Fringe ha dejado de lado tanto religión como esoterismos. Al menos hasta donde tengo visto yo, que es la segunda temporada, capítulo 18. Precisamente en este capítulo, observo la primera referencia directa a la religión, y me encanta como lo han resuelto. El capítulo es antiguo (ya van por el 3×07), pero por si acaso, aviso de spoilers

En un momento del capítulo, Walter, el guru científico de la serie, está conversando con otro científico. Le dice que tiene que tomar una decisión muy importante, pero que no se atreve. Decisión que proviene de haber llevado la ciencia hasta el extremo, y haberse metido en terrenos tradicionalmente limitados a las deidades. Interpreta que, por haber hecho eso, Dios le ha puesto una prueba, pero no es capaz de superarla. Que necesita una señal concreta, algo que le reafirme en la fe, algo que parezca imposible. Menciona qué es ese algo, pero no es más que una metáfora, carece de importancia más allá de su significado simbólico (pista: mirad el título del capítulo). Su interlocutor,  recordemos que también científico (Peter Weller, conocido por Robocop), le dice que la ciencia es su Dios. Que es todo lo que necesita, y que se olvide de señales místicas y deidades.

La trama del capítulo gira en torno a una persona, el científico que habla con Walter, capaz de viajar en el tiempo, por motivos que no vienen al caso. Tras esta conversación, viaja al pasado, no sin antes escribir una carta, dirigida a Walter. Entonces envía la carta, cumple el propósito de su viaje, y muere. Walter recibe esta carta, y saca del sobre el mismo objeto que había dicho que para él significaría una señal divina, que le ayudaría a tomar la dificil decisión que tiene pendiente. Por supuesto, Walter no puede recordar nada de la conversación porque sucede en el futuro. Para él, no ha tenido lugar, de manera que no tiene otra opción que interpretar lo sucedido como la señal divina que espera.

En realidad, opino que esos acontencimientos constituyen una excepcional reflexión filosófica sobre el origen de las religiones. No hay milagro, ni señal, ni nada místico. Pero Walter no lo sabe. No puede saberlo. Lo que hay detrás de lo que él cree un milagro, no es más que ciencia, pura y dura. Una señal enviada por el Jesucristo de la ciencia, que después muere (el porqué muere es exactamente lo mismo que se pudo ver en Butterfly effect, como curiosidad). En esa ignorancia de Walter está la metáfora de porqué hay gente que cree en dioses. No tienen la posibilidad de saber la verdad que hay detrás de lo que creen milagros. Ese es el mensaje en el que creía el personaje interpretado por Peter Weller, y que comparto plenamente: la religión es una venda sobre los ojos del conocimiento. Los únicos milagros que existen, son aquellos que alguien con más información que nosotros ha sido capaz de meter en un sobre, y lanzarlos por debajo de nuestra puerta. O la mera casualidad. Que no seamos capaces de encadenar los efectos con sus causas, no significa que no estén ahí, esperando a ser descubiertos (o no).

Tal vez en otras series hubieran optado por una resolución más sensiblera, introduciéndonos con calzador que ese pequeño empujoncito, esa ayuda en el último segundo que aparece de la nada, es donde está Dios. Fringe ha optado por un camino mucho más inteligente. Mi más sentido aplauso para los guionistas.

Dios, fe, religión… sexo, amor, matrimonio.

Revisando mi actual sistema de valores (únicamente válido para mí, aclaro), he detectado un paralelismo entre seis conceptos, dos a dos. Me explico:

Para empezar, creo que Dios es a la religión lo que el sexo al matrimonio. Y veo la fe del mismo modo que veo el amor.

El concepto de Dios es algo que pertenece a la esfera privada de cada uno. Cada persona tiene (o no) su propio concepto de Dios, y libre es de compartirlo con los demás, o quedárselo. Dicho concepto proviene de algo natural en el ser humano, como es la espiritualidad. El preguntarse sobre conceptos más allá del mundo físico. La religión se ha encargado de coger ese concepto, manipularlo, retorcerlo y utilizarlo para el control de las personas. Hablo de religión en abstracto. Puedo definirla (definición mía, probablemente inexacta) como el conjunto de normas institucionalizadas que rigen un determinado culto. Y podemos centrarnos en las religiones monoteistas organizadas, que son las que tienen más influencia en la sociedad occidental actual.

En cuanto a la fe, me parece un concepto abstracto que exige unas determinadas cualidades que yo no tengo. Aceptar algo sin la menor evidencia de su veracidad, para empezar. Delegar en un ser supremo, eterno e infalible ciertas acciones que podrían depender exclusivamente de nosotros, también. La religión usa este concepto como piedra angular de su credo, sin el cual, no tendría sentido. Y lo demuestra en una serie de actos litúrgicos que tienen a Dios como objetivo de culto, o excusa.

Partiendo de esa base:

  1. No creo en ningún tipo de ser sobrenatural. De hecho, no creo en absolutamente nada. Creer implica aceptar que algo es verdad sin ninguna prueba. No puedo.
  2. Rechazo totalmente cualquier religión, y creo que su existencia es uno de los mayores errores de la Historia de la Humanidad. También creo que evolucionaremos realmente como especie cuando nos libremos de la religión.
  3. La fe me parece algo que es muy útil para algunas personas, pero para mí no tiene sentido ninguno. Creo que solo es un recurso de la mente para obtener ciertas cosas.

Vamos ahora con el paralelismo:

La sexualidad es algo que pertenece a la esfera privada de cada uno. Cada persona tiene (o no) su propia sexualidad y es libre de compartirla con los demás, o quedársela para si misma. Proviene de algo natural en el ser humano, como es la necesidad de perdurar. El hacer que tu genética se extienda a lo largo del tiempo y del espacio. El matrimonio se ha encargado de coger ese concepto, manipularlo, retorcerlo y utilizarlo para el control de las personas. Hablo de matrimonio en abstracto. Puedo definirlo (definición mía, probablemente inexacta) como la unión civil o religiosa entre dos personas, que se reconocen como parejas a ojos de la ley (o de algún tipo de dios). Y podemos centrarnos en los matrimonios civiles o por alguna iglesia de religión derivada del Cristianismo, que son los que tienen más influencia en la sociedad occidental actual.

En cuanto al amor, me parece un concepto abstracto que exige unas determinadas cualidades que yo no tengo. Aceptar algo sin la menor evidencia de su veracidad, para empezar. Delegar en algo supremo, eterno e infalible ciertas acciones que podrían depender exclusivamente de nosotros, también. El matrimonio usa este concepto como piedra angular de su credo, sin el cual, no tendría sentido. Y lo demuestra con el acto sexual orientado a la procreación.

Y también, partiendo de esa base:

  1. No creo que la sexualidad sea algo que todos vivimos de la misma manera, ni deba ser objeto de institucionalización de ningún tipo.
  2. No me gusta el concepto de matrimonio. Le veo sentido dentro de un contexto civil, para poder obtener ciertos derechos para ti o tu descendencia que, de otra manera, no tendrían. Creo que, en un futuro que espero que no sea distópico, el concepto de matrimonio que hoy conocemos no existirá. Y eso no significará que la gente no se siga uniendo o teniendo hijos.
  3. El amor me parece algo absurdo e inexistente. Lo que se entiende como amor para mí no es más que la concatenación en el tiempo de enamoramiento + cariño + necesidad de compañía. El enamoramiento es un truco del cerebro para que nos unamos a otras personas el tiempo suficiente como para tener descendencia, como dicta nuestro instinto. Cuando éste desaparece, nos une un sentimiento hacia la otra persona, producto de la convivencia prolongada (el cariño, vaya, suene como suene). Por último, no queremos envejecer y morir solos, de manera que seguimos manteniendo el vínculo, aunque otros sentimientos se hayan debilitado.

¿Frío? Posiblemente. Pero ya he dicho que no creo en absolutamente nada. Y en cualquier caso, entender algo no hace que sea más feo. ¿Es menos un enamoramiento cuando sabes que solo consiste en una serie de reacciones químicas? Pues no, sentirte te sientes igual. Pero si encima sabes lo que pasa por debajo, es más satisfactorio. Al menos para mí.