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Revisa tu escala de valores si quieres subir al Everest

En una reciente conversación con un gran amigo, surgió el asunto de que si debes o no considerar tu trabajo como un hobby. La opinión de mi amigo, que comparto, es que lo que debes hacer es intentar que tu hobby se convierta en tu fuente de ingresos, y no ver tu trabajo como un hobby (porque, para mí, eso implica conformarse con lo que tienes, aunque no te guste).

La siguiente pregunta que se planteó, y quedó sin respuesta, fue qué sucede si, a pesar de tener esa visión que ambos compartimos, aun necesitas tener un trabajo para ganar dinero. O de otro modo: si mi trabajo actual no es lo más me llena, ¿cómo lo hago para poder dejarlo y dedicarme a lo que de verdad me hace feliz? El presente post no es más que mi respuesta, totalmente personal y para nada objetiva. Para quien le interese.

Me he hecho mil veces esa misma pregunta, hasta que he entendido que limitarse a hacérsela una y otra vez equivale a esperar esto

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Una actitud pasiva antes esa pregunta equivale a esperar una pastilla roja que nos muestre el camino de manera mágica. Por hacer el simil alpinista que da título a este post, hacerse la pregunta es esperar el teleférico que nos lleve del campamento base del Everest a la cima. Y eso sucede porque no tenemos clara nuestra escala de valores (al menos, es lo que me pasa a mí).

Quien decide subir al Everest, decide abandonar la seguridad y el confort de su campamento base por un camino en el que puede morir congelado, perdido o enterrado por un alud. Como recompensa… Estar en la cima del Everest. Para muchos, claramente insuficiente. Pero lo que está claro es que esa persona no espera la pastilla roja. Ni siquiera se molesta en preguntar por ella. Simplemente, decide y actúa. Y cuando decidimos, hacemos otras dos cosas de manera indirecta:

  • Renunciar a algo
  • Exponer nuestra escala de valores

¿Estás dispuesto a renunciar a la seguridad?, ¿es más importante para ti obtener algo que deseas mucho que poder llegar a perder lo que tienes ahora?, ¿a qué estás dispuesto a renunciar? Esas son, en mi opinión, las preguntas correctas.

Dejemos el simil a un lado. Volvamos a una situación típica. Una persona que desea hacer algo, como cambiar su trabajo por otro que le realice más. Puede que crear su propio negocio, y vivir de sus ingresos. O simplemente, vivir haciendo lo que más le gusta y mejor se le da, como podría ser un futbolista, un escritor, un actor, etc. La persona que se enfrenta a ese dilema, puede encontrarse con miedos como…

… Es que no puedo dejar mi trabajo, porque si lo hago, a ver cómo pago la hipoteca. Me puedo ver obligado a vender la casa. Y perder dinero haciéndolo. Eso si no me la quita el banco.

Correcto. Te puede pasar.

… Es que tengo una pareja que puede no aceptar mi nuevo modo de vida. A lo mejor consigo que se divorcie/separe de mí.

Correcto. Te puede pasar.

… O incluso peor. Puede que ya tenga hijos, y tomando este riesgo, les ponga en una situación de necesidad. O tal vez simplemente mi pareja se separe de mí, y deje de verlos, les tenga que pasar pensión, etc.

Correcto. Te puede pasar.

En función de lo que estés buscando, esos escenarios son no solo posibles, sino altamente probables. Si aun sabiéndolo, decides tirar hacia adelante, es porque has revisado tu escala de valores, y la has reorganizado. El problema es que a lo mejor la has revisado tarde. Y hasta puede que otras personas paguen por ello.

Si en su momento decidiste comprometerte con otro estilo de vida más conservador, ¿no puede significar que realmente es eso lo que te hace feliz, y solo te hace ilusión una foto en la cima del Everest?

Llegar a esa conclusión es responsabilidad de cada uno. Yo tome mi decisión en su momento.

 

 

¿Seguro que la culpa es de Españoles en el mundo?

Recientemente, en una conversación con uno de mis mejores amigos, salió una expresión en la que ambos estamos de acuerdo:

Cuánto daño ha hecho Españoles en el mundo

Como soy un tarado y me entretiene bastante darle vueltas a las cosas, me puse a pensar en ello. Y la verdad es que, pensándolo bien, no estoy de acuerdo. Quien dice Españoles en el mundo dice cualquier programa que se dedica a enseñarte la vida de triunfadores (triunfitos, cocineros estrella, emprendedores… es igual). Me centro en Españoles en el mundo porque suele salir con más frecuencia en mis conversaciones.

Para el que no lo conozca, Españoles en el mundo es un programa de TV que muestra la vida de españoles en diferentes países. Las vidas que muestra suelen incluir lujo, grandes casas y sueldazos. Obviamente, el programa es un producto televisivo, que tiene como finalidad venderse, como cualquier producto. Y no conozco un producto que se venda mostrando miserias (salvo Callejeros). Eso es una obviedad, y tampoco tiene mucho más recorrido.

La crítica que se le suele hacer al programa es que da una imagen irreal de lo que supone emigrar. Que puede dar la impresión de que, según te bajes de un avión, vas a vivir como un rey, vayas donde vayas. Parece ser que eso, a mucha gente, puede suponerle un salto al vacío y un bofetón de realidad, cuando se dan cuenta de que es mentira y no es tan fácil.

A mí me parece que afirmar que este tipo de programa es peligroso por eso es como afirmar que los escaparates de las pastelerías tienen la culpa de que haya diabéticos. Pero vamos a profundizar un poco más en los argumentos clásicos que sostienen estas críticas.

El programa solo te enseña lo bueno. Pero la realidad, es que de 1000 que están en esa situación, a 1 le va muy bien. Al resto, no los sacan.

Lo que me llama la atención de esta afirmación, que no deja de ser verdad en gran parte, son los números que se suelen manejar. Normalmente es 100 a 1, 1000 a 1… Depende de lo exagerado que sea quien lo dice. Números inventados, claro. Y lo cierto es que el inventar esos números tiene sentido. La idea es hacerlos suficientemente grandes como para que sea prácticamente inviable la idea de intentar imitar a estos triunfadores a los que les va bien. Es el cerebro defendiéndose a si mismo, y convenciendo a la persona que dice algo así de que ésos a los que les va muy bien son una especie de elegidos, o pertenecientes a una élite. Tú no eres así. Ellos sí. Tú no.

Sí claro, a ésta le va bien la empresa que ha montado porque su familia tiene dinero, y le han pagado todo. Y éste es que se ha casado con una de allí, y claro, es mucho más fácil. Y este otro tuvo mucha suerte porque…

Creo que la idea queda clara. Siempre hay una explicación. Una razón para lo descrito en el anterior párrafo: ellos sí y tú no. O de otra forma, un argumento para evitar tomar decisiones con tasas de éxito potencialmente muy bajas. El hecho es que el rico podría haber decidido quedarse con su familia y amigos sin emprender nada y llevar una vida más relajada (suena ideal: tienes a los tuyos cerca y, además, estás forrado, ¿para qué alejarte de eso?). Y el que se casó con una nativa podría haber decidido no arriesgarse a tener una vida en común con alguien en otro país, idioma y cultura. Todas esas personas, con más o menos facilidades, tomaron una decisión. Y eso es lo que quiere evitar el cerebro de quien utiliza esta excusa. Lo interesante sería que esta persona que piensa así (yo el primero), planteara la situación de otra forma. Se dijera a si mismo: vale, ni soy rico, ni tengo una pareja nativa del país donde quiero ir, ni conozco a nadie del mundillo donde quiero entrar. Ya parto con esas desventajas. ¿Qué hago para compensarlas? Pero no es así como funciona. El cerebro tiene que convencerte de que esa gente es diferente. Elegidos. Ellos sí, y tú no.

Algo que me gusta de los números es que no mienten. Si solo hay un Google, o un Facebook, o un Cristiano Ronaldo, o un Will Smith, o una Madonna, es por algo. Si tu objetivo es ser como ellos, existe una probabilidad cercana al 100% de que lo único que consigas sea frustración y una buena somanta de palos. Pero no le eches la culpa a Españoles en el mundo, o a Master Chef.

Ahora bien, si lo que quieres es conseguir algo, tendrás que jugar. Y jugar con pocas posibilidades de ganar, es una derrota probable. No jugar, es una derrota segura. Yo juego.

No es tan fácil

Normalmente, cuando una persona con la que tengo suficiente confianza me habla acerca de algo que quiere hacer con su vida y me pregunta al respecto, suelo comentarle mi opinión. Qué es lo que yo haría para conseguirlo.

La respuesta que suelo obtener tras esa conversación es “sí claro, pero no es tan fácil”.

Dado que yo en ningún momento he insinuado tal cosa (salvo que sea realmente fácil), lo que quiere decir esa frase es “no estoy dispuesto a realizar ningún esfuerzo que suponga salir de mi rutina habitual para eso”. O de otra manera: “me gusta la idea de verme a mi mismo habiendo conseguido eso, pero no pienso cambiar nada para obtenerlo”.

Si yo fuera un experto en auto-ayuda, podría hablar del potencial de la persona, y ese tipo de temas. No lo soy. Tengo una vaga idea de lo que es la PNL, y jamás he conseguido nada digno de mención. Únicamente trabajar para mí mismo y sobrevivir un año, por ahora. Así que lo único que hago es destacar lo obvio. Que no por obvio es sencillo de asimilar:

  • Decir que queremos conseguir algo no suele ser sinónimo de deseo real, sino de anhelo. Una manera de desahogarse, y no una llamada a la acción. Es un ejercicio que produce consuelo a corto plazo, porque pone nuestra mente en un sitio donde le gustaría estar. Pero a la larga, es contraproducente.
  • Querer algo realmente y seguir repitiendo la misma actitud que, hasta el momento, no nos ha dado resultado, es una idiotez.
  • Cualquier actitud que se repite el tiempo suficiente, sin importar si es productiva o no, se convierte en hábito y se incorpora a nuestra vida. Desprenderse de ella, en caso de que queramos hacerlo, va a ser realmente complicado.

Nada que valga la pena es fácil. Si tu reacción cuando alguien te sugiere cosas para acercarte a lo que quieres es pensar que “no es tan fácil”, lo único que está pasando es que tu mente subconsciente (la que de verdad tiene el control de tu vida a largo plazo) se defiende de la amenaza que supone cambiar algo.

A mí me pasa constantemente. Por eso lo cuento. Para dejar de hacerlo. Ya tengo claros mis objetivos para este año. Y lo que tengo que hacer para conseguirlos. De fácil no tienen nada. Me da igual.

¡Feliz 2014!

¿Cine o entretenimiento?

Aprovechando la iniciativa de la fiesta del cine, estoy viendo películas por 2€. Hoy ha tocado No habrá paz para los malvados, co-escrita y dirigida por Enrique Urbizu. Y cómo se nota la mano del señor Urbizu. Esta película comparte con La caja 507, también suya, algo que me parece que marca la diferencia entre el cine y el entretenimiento: el guión es absolutamente perfecto, y los personajes hablan por sus acciones.

Vale, la peli va de un policía outsider que se me involucrado en una trama de tráfico de drogas y terrorismo islamista. Es todo lo que hace falta saber. Ahora parémonos a pensar. ¿Qué sucedería si una cámara siguiera la investigación de un policia alcohólico, con pasado turbulento, solitario y que no duda en tirar de pistola cuando lo considera oportuno? La mayor parte del tiempo no pasaría nada, y cuando lo hiciera, no entenderíamos gran cosa. Ojo, que no estamos hablando de un reportaje periodístico al estilo REC, en el que los bomberos y la policía hablan a cámara y cuentan lo que está pasando. Nada que ver. Hablamos de puro voyeurismo. Seguir la vida de una persona sin que nadie nos explique nada. Asistiendo a lo que sucede y sacando nuestras propias conclusiones en función de los hechos que observamos.

Como digo, seguramente no entenderíamos la mayor parte de las cosas que vemos. La vida no tiene subtítulos, ni una voz en off nos explica lo que piensa la gente, porqué piensa así, o porqué se comporta de esa manera. Un caos, vamos. Pero ahora supongamos que cogemos ese trozo de la vida de esa persona, esa investigación, y recortamos partes. Nos quedamos con aproximadamente un par de horas, que resumen qué es lo que ha sucedido, y nos analizan a la persona que estamos viendo con precisión de cirujano. Pues eso es esta película. CINE en estado puro. Coger un trozo de piedra informe y con un cincel y mucha paciencia, convertirlo en el David de Miguel Ángel. Eso es lo que ha conseguido Urbizu, una vez más.

En la vida real, las personas no tienen siempre una frase ingeniosa con la que replicar cualquier argumento. No tienen una pose estudiada para cada situación. No tienen profundos monólogos en los que explican su visión de la vida y justifican su forma de ser. Forma de ser, por otro lado, que no puede reducirse a un puñado de estereotipos: el poli bueno, el poli malo, la chica de provincias que sueña con triunfar en la gran ciudad, el joven genio idealista que revoluciona la informática… Todo eso está en el subconsciente colectivo desde hace décadas. Las imágenes mentales que nos hacemos cuando pensamos en un determinado personaje están totalmente condicionadas por el cine, la televisión y la literatura. Por la ficción, en pocas palabras. Ficción que tiene un propósito muy loable: entretenernos.

Pero desde una pantalla de cine, además de intentar entretener al espectador, se pueden hacer muchas otras cosas. Una de las que más detesto es intentar imponer una determinada moralidad. Una visión parcial, totalmente subjetiva, sobre una serie de hechos. Por desgracia, en el cine español hay mucho de eso (le llaman cine social). Pero No habrá paz para los malvados consigue otra cosa: convertir la realidad en una historia, mostrársela al espectador de la manera más atractiva posible (pedazo de planos…) y dejarle que utilice el cerebro para procesar lo que está viendo. No consumir. Procesar. Eso, para mí, es cine. Poner en marcha tu cerebro a base de imágenes. Sin más. Dejar que las acciones que vemos cuenten la historia. O en otras palabras, que las acciones de los personajes nos hagan entender la historia, y no al contrario. El resultado de un guión excepcional.

Me permito citar a Doctor Diablo, de Las Horas Perdidas, y decir: gracias, señor Urbizu. Gracias por esta joya.

Bueno, resumiendo. Para quien le interese saber si debería ver la película o no, me permito dar unas líneas base:

Mañana cambio de tercio, e iré a ver una peli de entretenimiento puro: Colombiana. ¿Cine o entretenimiento? Los dos.
Actualización: Interesante conocer la visión de Urbizu sobre esta película, de boca de una guionista.

Mitos del cine español (I): La Guerra Civil

El sábado pasado tuve la suerte de acudir al preestreno de Blackthorn en los cines Princesa de Madrid (me tocó la entrada por Twitter). La película ha sido dirigida por Mateo Gil, conocido informalmente como “el guionista de Amenabar”. Los guiones de Tesis, Abre los Ojos, Mar Adentro y Ágora llevan su firma.

En cuanto al argumento, se trata de un western clásico. Si eres aficionado al género lo disfrutarás. Poco que envidiar a la reciente True Grit, de los Coen. Y ha contado con reparto internacional. Por la pantalla desfilan el español Eduardo Noriega, el norteramericano Sam Sephard y el danés Nikolaj Coster-Waldau, últimamente de moda por interpretar a Jaime Lannister en Game of Thrones, una de las series del año.

Después del visionado, los asistentes tuvimos una charla-coloquio con el propio Mateo Gil y una representante de AltaFilms, distribuidora de la película en España. En dicho coloquio salió a colación el tema del estado actual del cine español, y el debate se llevó de manera totalmente civilizada y respetuosa por todas las partes: creador, distribuidora y espectadores. Sin demagogias baratas sobre lo ladrones que somos los internautas ni críticas facilonas. Un punto en el que más o menos todos coincidimos fue que uno de los grandes enemigos del cine español es… el propio cine español. O más exactamente: la divergencia entre lo que es el cine español para sus creadores y lo que es para nosotros, los espectadores.

Tras el debate, me puse a reflexionar sobre el estado de nuestro cine, desde una perspectiva externa, por supuesto. Creo que la gente no va a ver cine español precisamente porque es cine español. Mi opinión personal es que el cine español sufre de muchos mitos y estereotipos sin una base real, que lo castigan injustamente. Pero también tiene muchos males bien reales (un sistema de financiación muy mejorable, la merecida mala fama de la SGAE, la inexistencia de un tejido industrial que sustente al sector…). Voy a ir repasando tanto los mitos como los hechos desde mi humilde opinión, aunque respaldada por datos verificables siempre que sea posible. Hoy, el famoso mito de la Guerra Civil.

La Guerra Civil.

Sin duda el mito número uno de nuestro cine. Solo se hacen películas relacionadas con la Guerra Civil española. Este primer mito es relativamente sencillo de desmontar. Si uno va al buscador de la base de datos de películas calificadas en la web del Ministerio de Cultura, puede hacer una búsqueda de todas las películas españolas estrenadas en salas en los últimos 10 años (estimemos 2000-2010). Después de filtrar los documentales, el resultado es que en esos 10 años se estrenaron 1253 películas españolas. ¿Cuántas fueron de la Guerra Civil? Realizar este filtro es algo más costoso. Podrían revisarse una a una las películas, pero sería una labor titánica. Para evitarla, podemos cotejar un par de fuentes:

  • La Universidad de Huelva. Tiene una página dedicada a la Guerra Civil española en el cine. En la página, podemos encontrar un listado con las películas estrenadas del año 2000 en adelante (cubre hasta 2010). Tras quitar los documentales y las películas extranjeras (sí, también se han hecho películas no españolas sobre la Guerra Civil), el resultado es que, en esos 10 años, se estrenaron 19 películas españolas cuyo trasfondo es la Guerra Civil. Esto es, un 1.52%
  • Entrevista a Antonio Salazar, cineasta español. Se menciona que “de las más de novecientas películas rodadas en España entre los años 2000 y 2010 solo el 1.6% aborda la Guerra Civil”

Lo primero que hay que resaltar es que estos datos no están totalmente cotejados. Eso sí, las herramientas para hacerlo están al alcance de cualquiera que tenga tiempo y ganas de ponerse.

Partiendo de esa base y asumiendo las fuentes aportadas como razonablemente cercanas a la realidad e independientes entre si, ambas arrojan resultados similares sobre el tema: el número de películas españolas sobre la Guerra Civil en los últimos 10 años no llega al 2% de las películas estrenadas. Si elegimos otro cine, como el norteamericano, ¿qué porcentaje de películas estrenadas en los últimos 10 años tienen como trasfondo la Guerra de Vietnam, o la Segunda Guerra Mundial? No he hecho el cálculo, pero me gustaría ver si el porcentaje es inferior al 2%.

En resumen, que el que diga que el cine español solo habla de la Guerra Civil, probablemente no ha visto mucho cine español.

En el próximo post, otro de los mitos estrella: las subvenciones.

Grasa de motor, lejía y vinagre

¿Os imagináis que me hago un corte pelando una naranja y decido echarme en la herida grasa de motor, lejía y vinagre a partes iguales? Mi corte se transformaría en cuestión de segundos en quemadura química o algo peor. Una salvajada.

Esta misma idea estoy seguro de que ha pasado por la cabeza de alguno. No puedo pedirle a la gente que intente curar sus heridas con una combinación tan bizarra, porque las empeoraría. Pero tal vez si puedo pedir que las intente curar con algo a priori totalmente inocuo, y esperar que suceda una de estas dos cosas:

  • Que funcione y cure la herida
  • Que no haga nada

Es sencillo. Hemos eliminado la tercera posibilidad, que es la más peligrosa: que la herida empeore. Y la hemos eliminado por el sencillo mecanismo de no utilizar productos evidentemente peligrosos. Nos quedan otras dos opciones, a todas luces mejores que ella.

La primera opción no debería resultar nueva para nadie. Lleva siglos pasando. Lo que otrora era un producto que por alguna razón desconocida, curaba, a la luz del conocimiento científico se convierte en la solución obvia. La magia de la química explica porqué ese producto actúa curando esa dolencia. La Humanidad, gracias a esto, ha avanzado un pasito. Y los países que tienen la suerte de poder beneficiarse de esta novedad, suben su esperanza de vida.

La segunda opción, en una sociedad educada y coherente, simplemente se descartaría por inutil. En una sociedad excesivamente influida por el pensamiento mágico, se convierte en un arma tan peligrosa o más que nuestra olvidada tercera opción.

La sociedad educada y coherente lo llamaría placebo. Incluso puede que no resultara del todo inútil. En determinadas personas, serviría para afrontar con más ánimo su curación. Un experimento muy interesante. Para que funcione del todo, se le debe comunicar al paciente, una vez curado, que el producto era totalmente inocuo. Eso le demuestra lo maravillosa que puede ser la mente humana cuando afronta las situaciones con ánimo y optimismo, multiplicando sus fuerzas. El paciente aprende. Mejora su conocimiento.

En cambio, una sociedad como la nuestra, tan influida por la ignorancia y la estulticia de lo sobrenatural y lo mágico, no lo llama placebo. Utiliza otro nombre: homeopatía. El sencillo mecanismo de administrar al paciente un producto inocuo y aprovecharse de su credulidad para sacar beneficio ha dado resultado. En el peor de los casos, no va a notar absolutamente nada. En el mejor, puede llegar a curar su dolencia. ¿Cuál es la explicación a esta mejoría?

  • La pura y simple casualidad, o…
  • … que el infinito número de variables que intervienen lo haga parecer casualidad.

¿Que el paciente ha mejorado después de tomar agua con una milmillonésima parte de un principio activo? Pues sí. Igual que hubiera mejorado rascándose la barriga. Simplemente, su organismo tiene suficientes defensas para derrotar el problema. Punto.

O tal vez no. Tal vez un conjunto imprevisible de factores ambientales, anímicos, alimenticios, climáticos… hacen mejorar la salud del paciente. ¿Por qué a unos nos sienta mejor el aire de la montaña y a otros el de la playa?, ¿por qué el Ibuprofeno a ti no te hace nada y a mí me calma el dolor en segundos?, ¿por qué fulanito en cuanto le duele el pie se queda en casa tumbado y menganito necesita 10 veces más dolor para empezar a notarlo? Factores. Muchísimos. Casi infinitos. Seguramente, cosas como la computación cuántica permitan al ser humano manejar situaciones con un número prácticamente infinito de factores, y encontremos respuestas que hoy son misterios. Hace 2000 años el clima lo predecían los chamanes viendo las tripas de algún animal muerto. Hoy modelos matemáticos complejísimos son capaces de estimar con un grado de precisión aceptable si la semana que viene lloverá o no.

¿Cómo será dentro de 1000 años? ¿Habremos descubierto como se cura un resfriado, o nos arriesgaremos a curar nuestras heridas con grasa de motor, lejía y vinagre?

Cuestión de alcance

Cada vez que se manda un enlace como éste a una red social y la gente lo comenta, sucede lo mismo. Alguien destaca el hecho de que el cambio es algo muy complicado, y que una cosa es plantearlo en negro sobre blanco y otra muy diferente llevarlo a cabo. Una afirmación que, opino, está cargada de razón. Sea cuál sea la dirección del cambio.

Para mí, no obstante, en casos como éste se trata únicamente una cuestión de alcance. El error creo que está en pensar que nosotros vamos a ver algún cambio. Que mañana las cosas van a ser diferentes a como son ahora. En artículos como ese no pienso que se esté hablando de que cambiemos radicalmente la sociedad en un día. Que la siguiente legislatura en el gobierno de un país sea totalmente diferente de la anterior. Que todo lo que iba mal pase a estar bien. Que la sociedad pase de la apatía a tomas las riendas de todo de un día para otro. Eso es imposible. Y absurdo. Los cambios profundos requieren raíces profundas. Cambiar la opinión y actitud de toda una sociedad de un día para otro no solo no es profundo, sino que es peligroso, irresponsable y suele llevar a situaciones peores que las de partida.

De lo que yo creo que se trata cuando se intenta movilizar a la sociedad, tal vez tomando el ejemplo de otros países, es de evitar que nuestros hijos se conviertan en esclavos. Y también nuestros nietos. En comparación con otras sociedades, estamos en una posición privilegiada. A pesar de una situación económica desfavorable y que posiblemente vaya a peor, aun tenemos la posibilidad de cambiar las cosas votando en unas elecciones, consumiendo de manera responsable, tomando iniciativas en favor del medio ambiente… Es decir, realizando actos pequeños que pueden convertirse en grandes cambios en el futuro. Aun podemos. Otros con menos suerte se han visto obligados a pegar fuego a coches y salir a la calle a matarse unos a otros, o evitar que les maten, para salir de una situación insostenible.

Ese es el cambio que se nos está pidiendo. Un cambio que para nosotros tiene un coste irrisorio, y una recompensa directa seguramente mínima. Pero que para nuestros hijos y nietos puede significar la diferencia entre vivir siendo esclavos o vivir mejor que sus padres y abuelos. El refranero español, que es muy sabio, tiene una expresión para esto: “predicar con el ejemplo”.

También hay un anuncio de hace algunos años, sencillamente maravilloso,  y que refleja perfectamente esto mismo que quiero decir:

¿Qué tipo de vida queremos para nuestros hijos?, ¿y qué esperamos que aprendan de nosotros?