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Grasa de motor, lejía y vinagre

¿Os imagináis que me hago un corte pelando una naranja y decido echarme en la herida grasa de motor, lejía y vinagre a partes iguales? Mi corte se transformaría en cuestión de segundos en quemadura química o algo peor. Una salvajada.

Esta misma idea estoy seguro de que ha pasado por la cabeza de alguno. No puedo pedirle a la gente que intente curar sus heridas con una combinación tan bizarra, porque las empeoraría. Pero tal vez si puedo pedir que las intente curar con algo a priori totalmente inocuo, y esperar que suceda una de estas dos cosas:

  • Que funcione y cure la herida
  • Que no haga nada

Es sencillo. Hemos eliminado la tercera posibilidad, que es la más peligrosa: que la herida empeore. Y la hemos eliminado por el sencillo mecanismo de no utilizar productos evidentemente peligrosos. Nos quedan otras dos opciones, a todas luces mejores que ella.

La primera opción no debería resultar nueva para nadie. Lleva siglos pasando. Lo que otrora era un producto que por alguna razón desconocida, curaba, a la luz del conocimiento científico se convierte en la solución obvia. La magia de la química explica porqué ese producto actúa curando esa dolencia. La Humanidad, gracias a esto, ha avanzado un pasito. Y los países que tienen la suerte de poder beneficiarse de esta novedad, suben su esperanza de vida.

La segunda opción, en una sociedad educada y coherente, simplemente se descartaría por inutil. En una sociedad excesivamente influida por el pensamiento mágico, se convierte en un arma tan peligrosa o más que nuestra olvidada tercera opción.

La sociedad educada y coherente lo llamaría placebo. Incluso puede que no resultara del todo inútil. En determinadas personas, serviría para afrontar con más ánimo su curación. Un experimento muy interesante. Para que funcione del todo, se le debe comunicar al paciente, una vez curado, que el producto era totalmente inocuo. Eso le demuestra lo maravillosa que puede ser la mente humana cuando afronta las situaciones con ánimo y optimismo, multiplicando sus fuerzas. El paciente aprende. Mejora su conocimiento.

En cambio, una sociedad como la nuestra, tan influida por la ignorancia y la estulticia de lo sobrenatural y lo mágico, no lo llama placebo. Utiliza otro nombre: homeopatía. El sencillo mecanismo de administrar al paciente un producto inocuo y aprovecharse de su credulidad para sacar beneficio ha dado resultado. En el peor de los casos, no va a notar absolutamente nada. En el mejor, puede llegar a curar su dolencia. ¿Cuál es la explicación a esta mejoría?

  • La pura y simple casualidad, o…
  • … que el infinito número de variables que intervienen lo haga parecer casualidad.

¿Que el paciente ha mejorado después de tomar agua con una milmillonésima parte de un principio activo? Pues sí. Igual que hubiera mejorado rascándose la barriga. Simplemente, su organismo tiene suficientes defensas para derrotar el problema. Punto.

O tal vez no. Tal vez un conjunto imprevisible de factores ambientales, anímicos, alimenticios, climáticos… hacen mejorar la salud del paciente. ¿Por qué a unos nos sienta mejor el aire de la montaña y a otros el de la playa?, ¿por qué el Ibuprofeno a ti no te hace nada y a mí me calma el dolor en segundos?, ¿por qué fulanito en cuanto le duele el pie se queda en casa tumbado y menganito necesita 10 veces más dolor para empezar a notarlo? Factores. Muchísimos. Casi infinitos. Seguramente, cosas como la computación cuántica permitan al ser humano manejar situaciones con un número prácticamente infinito de factores, y encontremos respuestas que hoy son misterios. Hace 2000 años el clima lo predecían los chamanes viendo las tripas de algún animal muerto. Hoy modelos matemáticos complejísimos son capaces de estimar con un grado de precisión aceptable si la semana que viene lloverá o no.

¿Cómo será dentro de 1000 años? ¿Habremos descubierto como se cura un resfriado, o nos arriesgaremos a curar nuestras heridas con grasa de motor, lejía y vinagre?

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