Crítica “Rise of the Planet of the Apes”

 San Francisco, en la actualidad. Will Rodman (James Franco) es un genetista que trabaja en un nuevo y revolucionario producto capaz de desarrollar la inteligencia de los chimpances hasta límites nunca vistos. Tras un accidente en el laboratorio, el proyecto es cancelado por considerarse demasiado peligroso. Pero Will descubre que su propio padre (John Litgow), que sufre de Alzheimer, mejora espectacularmente tras ser inoculado con el producto, y decide continuar la investigación por su cuenta y riesgo, ocultando en su casa a la joya de la corona: el chimpance César; su paciente cero.

 Personalmente, siempre me ha encantado la historia de “Planet of the Apes”. Tanto la original de 1968 como el remake de Tim Burton en 2001 (sí, lo confieso. Me gustó). Y considero que es una de esas películas a las que le encajaría una precuela como anillo al dedo. ¿Cómo llegaron los simios a desarrollar su inteligencia de esa manera?, ¿cómo se convirtieron en los dueños del planeta? Pues aquí se responden esas dos preguntas. De manera mucho más satisfactoria de lo que esperaba. Esta “Rise of the Planet of the Apes” es, en mi opinión, muy superior a la película de Tim Burton, el referente más cercano que tenemos. Y es un paso de gigante en lo que considero que será una categoría más de los premios Oscar en menos de 10 años: mejor interpretación de un personaje generado digitalmente.

 La respuesta a cómo desarrollaron los simios una inteligencia humana es sencillamente respondida en los 10 primeros minutos del metraje: a través de la ingeniería genética. Esa era una respuesta sencilla. Will Rodman dirige una investigación destinada a aumentar la inteligencia de estos animales. Y como siempre que en el cine se juega a ser Dios, las consecuencias son terribles y devastadoras. Algo que hace muchos años que se ha convertido en un cliché, pero que es efectivo. El público lo está esperando, más allá de sus creencias o convicciones. Si juegas a ser Dios, lo vas a pagar muy caro. La cosa se te va de las manos y tu creación va a crecer mucho más allá de lo imaginable, arrasando la civilización si es necesario.

 De todas formas, la motivación de los chimpances no es el control mundial. Simplemente, no quieren ser tratados como animales de circo. No quieren ser esclavos. No son lo suficientemente inteligentes (por ahora) como para doblegar a todo un planeta, pero sí lo son como para ser conscientes de su condición y querer escapar de ella. Ese es el verdadero motor de la película: un esclavo que lucha contra sus captores para dejar de serlo, y lidera una rebelión. Algo que el público norteamericano adora. Una historia típica que aquí está contada de una manera emocionante y equilibrada. Espectacular el crecimiento de César como lider rebelde, y coherente como evoluciona.

 En cuanto a la respuesta a la otra pregunta, de cómo llegaron los simios a ser los dueños del planeta, está resuelta en segundo plano. Se cuenta de manera paralela a la historia principal, y no lo desvelaré. Baste decir que se dan tres o cuatro pinceladas a lo largo del metraje, suficientes para entender lo que sucederá años después. Eso junto con el lógico odio que los chimpances desarrollan contra los humanos hace que el puzzle encaje de manera efectiva.

 Un hecho que me gustaría destacar es el espectacular trabajo de generación digital de personajes que se ha hecho en esta película. No hay animatrónicos, ni maquillaje. Todos los simios son 100% digitales. Andy Serkis, que se ha convertido en el rey de esta técnica de la captura de movimiento, es el pionero de algo que opino que cambiará la historia del cine en un futuro no muy lejano. Si el Gollum de “Lord of the Rings” ya era capaz de transmitir más emociones que muchos de los personajes, aquí César se convierte en dueño y señor absoluto de la historia. Son sus emociones las que causan todo lo que vemos. Y son las reacciones emocionales, tanto de César como de su creador, Will, que solo quiere curar a su padre, las que causan el levantamiento de una raza de animales que quieren dejar de serlo, y la casi extinción del género humano.

Resumiendo, una entretenidísima y divertida historia veraniega, que sorprende por su ritmo y excelencia técnica y que, para mí, supera las espectativas que tenía puestas en ella. Muy recomendable.

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